El 15 de febrero se celebró el día Mundial contra el Cáncer Infantil. No quería perder la oportunidad de poder compartir contigo cómo fue mi experiencia con niños que padecían esta enfermedad y cómo estos cambiaron mi vida.

Fue en el año 2009 cuando decidí hacer el Master de Psico-oncología de la Universidad Complutense de Madrid.

En los primeros días de clase tuvimos que decidir a que hospitales nos gustaría asistir para poder hacer las prácticas del Master. Mi decisión fue rápida ya que sabía que quería realizarlas con niños y adolescentes.

Me asignaron en el Hospital Universitario Gregorio Marañón, en el cual tuve la suerte que todo el equipo de la Unidad de Oncología Pediátrica me recibieran con cariño. Fueron dos años en los que mi vida cambio.

Recuerdo muy bien mi primera experiencia en el hospital. Un niño acababa de morir, sus padres devastados se encontraban en la habitación sufriendo por el fallecimiento de su hijo. Entramos a la habitación, nunca olvidaré esa imagen que tocó mi corazón.

Un padre en silencio sentado en el sofá con la vista perdida y una madre llorando, gritando y golpeándose. Se sentía un ambiente de tristeza, rabia, impotencia, decepción. Padres con una cultura y una lengua distinta a la nuestra, desconsolados.

La psicóloga intervino y fue directamente con la madre, yo en un intento de “ser fuerte” logré mantenerme en la habitación por unos minutos, hasta que no pude más con el dolor (mi dolor). Con respeto y angustia me salí de la habitación. No pude soportar el sufrimiento sin que me afectara a mí.

A partir de ese día me di cuenta de lo dura e injusta que es la vida. Fui consciente del gran apoyo que las familias necesitan para aceptar y luchar contra esta enfermedad. Me llevó días poder asimilar esa experiencia vivida, ahora la llevo en el corazón. Mientras que escribo de ella comienzo a sentir dolor, tristeza, ternura y mucho amor.

Esa experiencia fue la primera que viví cuando llegue a la realidad de la oncología.

Por suerte en esa unidad, aislada, desinfectada y temida por todos, no era lo único que sucedía.

Había malas noticas, nadie quiere tener a un hijo con cáncer, pero también había buenas noticas, sonrisas, alegrías y mucha ternura. Los niños a pesar del dolor por el tratamiento mantenían la esperanza, luchaban por ponerse mejor, se preocupaban por sus padres. Yo tuve la suerte de poder acompañar a los niños en su dolor y comprendiéndolo podía darles el apoyo que necesitaban para expresar sus penas, angustias, tristezas, rabia, entre otros. Por una hora en el día podían compartir con alguien lo que sentían por dentro, sin preocuparse a hacer daño al otro por lo que sentían. Muchos no lo compartían con sus padres para que no se pusieran más ansiosos y tristes. Ellos cuidaban de sus padres. Una imagen de ternura que no había visto en mi vida.

Aprendí los términos médicos, los diferente tipos de tratamientos, las intervenciones necesarias como los pinchazos, a dar buenas y malas noticias y todo lo necesario para conocer la enfermedad. Esos conocimientos son importantes aunque lo que al final te marca es la relación que haces con los niños y adolescentes, las familias y el equipo de la Unidad. Se me quedó en el corazón como sus ojitos se iluminaban con el cariño de los demás, como nos podíamos comunicar con una mirada, la confianza que tuvieron en mí para poder expresar sus dificultades, las risas que nos echábamos, las lágrimas que pude acoger, el poder que sentían y mostraban corporalmente sobretodo cuando podían controlar su vida por una hora.

Esta experiencia me ha ayudado a crecer tanto profesionalmente como personalmente. Ha creado interés en mí para investigar más acerca de lo que me apasiona hacer, que es la Terapia de Juego y cómo esta puede ayudar a los niños durante una hospitalización o una enfermedad crónica. Es interesante ver cómo esta Terapia crea un espacio en el cual nos niños y adolescentes pueden crear su propio mundo para expresar ya sea lo de dentro como lo de fuera. Poder manifestar el dolor por el que están pasando y ponerlo en una muñeca es más seguro que verbalizarlo. Esto ayuda a los niños a ir siendo conscientes de lo que sienten y poder reconocerlo.

Doy gracias a todos los niños, adolescentes, y a sus familias, a los que tuve el honor de poder acompañar y apoyar.

Gracias por compartir un pedacito de sus vidas y por haber llenado mi corazón de ternura y amor. Por haber tenido en mi la confianza para compartir sus sentimientos y sus dificultades. Por creer en mi trabajo y en mi profesión.

¡Gracias!

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